Currofóbico “Fobia al curro”

 

 

Trabajar nunca fue lo mío.

 

Nací desganado, sin vocación.  

 

Más bien con fobia al curro.                                

 

“Currofóbico”, podría decirse (fobia al trabajo, para aquel que sea

 

un poco cortito y no lo acabe de pillar, que haberlos haylos).                                                                     

 

“Currofóbico” y con muy mala hostia.

 

Probablemente de ahí me vino la afición a la piratería.                            

 

 

Una vida fácil y llena de emociones, donde el único esfuerzo que

 

existía era el de abordar y saquear barcos.                                 

 

 

Si eres lo suficientemente espabilado como para hacerte con una

 

nave y una buena tripulación, lo demás está hecho. Y yo lo soy,

 

desde luego.

 

 

Siempre lo he sido.

 

 

La Perla Negra es la nave que capitaneo.

 

 

La Perla tiene su propia categoría, la merece.

 

 

Pero volviendo al tema que nos ocupa, yo debí de nacer en festivo o

 

algo así, supongo que eso tuvo algo que ver con mi fobia a trabajar.

 

 

Lo de la mala hostia fue de siempre.

 

 

Nada más asomar la cabeza entre las piernas de mi madre lo

 

primero que vi fue a un tipo con barba de cuatro días y mal

 

encarado que me dio una buena hostia en el culo.

 

 

Yo todavía no hablaba, ni siquiera dominaba el arte del insulto,

 

pero, mientras lo miraba fijamente, pensé entre lágrimas, será hijo

 

de puta, pedazo de animal, este me mata, y me quise volver hacia

 

dentro, pero mi madre muy rápida, ya había cerrado las piernas y

 

me hizo ver que esa no era una opción válida, supongo que ya le

 

había tocado los ovarios lo suficiente.

 

 

Estiró sus brazos y me cogió suavemente arrastrándome hacia su

 

pecho. Nunca supe si fue por protegerme del animal de la barba de

 

cuatro días, por no tener que volver a aguantarme dando patadas

 

dentro de su vientre o porque le hacía ilusión ver lo que había

 

engendrado.

 

 

“Malencarado”, después de la hostia que me dió, le dijo a mi

 

madre con muy malas maneras que ya podía empezar a darme de

 

mamar.                                  

 

 

Recuerdo muy vagamente girar la cabeza y gritarle ( bueno,

 

gritarle gritarle no, que todavía no sabía gritar, pero desde luego lo

 

pensé) “¿ So hijo puta, me estás llamando mamón? La madre que

 

te parió, espera que crezca y verás”.

 

 

Quizás algún día siga contándoles.